martes, 16 de septiembre de 2014

El viaje.



Hoy no es un día cualquiera, me voy de nuevo.

Llevo muchos meses esperando hacer otro de mis viajes largos.
Todos los olores, colores y sabores que tenía tan frescos en mi cabeza empezaban a ser recuerdos difusos que se fundían unos con otros formando una lluvia de lugares a los que querer volver una y otra vez.
Necesito volver a perder la noción del tiempo y que cada día de la semana se llame igual. No saber en qué mes estoy. Es increíble, pero pasa. Necesito que los domingos no sean tristes ni los miércoles el día del espectador.

Quiero que lo único importante sea pensar en que hacer cada momento.
Donde dormir cada día, cuanto me puedo ahorrar comiendo, como llegar a la siguiente ciudad, que me espera al bajarme del siguiente autobús, del siguiente barco, del siguiente tren... No me gusta volar pero es el precio que tengo que pagar para que a partir de hoy, cada día, no sea un día cualquiera.

Lo mejor de estar lejos de todo lo que conozco es que a cada paso que doy se que me espera algo nuevo. 
No tener un camino aprendido en el que saber cada semáforo, cada tienda, cada esquina hace que me fije en todo lo que me rodea y que esté alerta para no perderme nada y es entonces cuando tengo la sensación de estar en un momento único y de que todo lo demás no importa.

Reconozco que estoy enganchada a esta forma de vida. Estoy aquí, en este lugar ajeno a mi mundo, ahora, y puede que no vuelva a venir nunca más. Tengo que saborear cada momento, guardarlo en mi disco duro para dentro de muchos años recuperar algún segundo de todo esto. Algún segundo que haya sobrevivido al paso del tiempo y que me devuelva aquí por un instante.

No recuerdo que pasó hace tres semanas en un día cualquiera de clase, pero quiero recordar que estuve aquí. 

Siempre me pasa igual, me cuesta adaptarme al cambio. A pesar de los sitios que ya he visitado, al principio suelo pagar una especie de peaje, es una pequeña descompresión, mejor dicho una pequeña comprensión.
Costumbres ajenas que me pillan desprevenidas al principio, las mismas a las que en poco tiempo me acostumbro y hago mías. Nunca dejará de sorprenderme la capacidad de adaptación que tiene el ser humano. 

Reconozco que no me gusta encontrar españoles por el mundo. Cuando eso ocurre procuro no hablar y trato de pasar desapercibida, en parte me siento mal por hacerlo, pero la realidad es que no puedo con las exaltaciones nacionalistas a kilómetros de distancia. Además se trata de una situación que hace que todo sea menos auténtico, menos especial, y seamos sinceros, cuando una está a miles de kilómetros de casa, mochila en mano, buscando experiencias nuevas, queriendo vivir una aventura, no quiere hablar de jamón ni tortilla de patata con desconocidos, al menos en tu mismo idioma. No sé, parece que por el hecho de ser españoles estamos obligados a entablar una conversación que nos llevara irremediablemente al mismo sitio del que venimos. Es algo que nunca he entendido. Si coincidiera con ellos en el bus no hablaríamos de nada, ¿por qué aquí sí?

Que curiosa es la curiosidad… Siento que la gente me mira y se sorprende, porque me paro a mirar cosas que a ellos no les llama la atención. Para ellos, todo esto es normal. Es… su día a día. Para mí no. Para mí, un perro dentro de una jaula con un cuenco de arroz no es normal. Se merece dos o tres minutos de mi tiempo y alguna que otra foto. Por eso, me paro a ver cualquier cosa que aquí es “normal”… y me siento observada, lo cual también me hace mucha gracia… Seguro que alguna vez estando en Zaragoza, me he parado a observar a alguien porque estaba haciéndole fotos a un puesto de churros… 
Qué curiosa es la curiosidad, sobre todo, cuando no pretende serlo.

“Donde fueres haz lo que vieres”, probablemente una de las frases hechas que me generan más amor y odio a partes iguales. La odio porque suena fatal, y porque a casi todo el mundo se le llena la boca al pronunciarla como si realmente se dejaran llevar por ella. Se trata de una especie de violación gramatical socialmente aceptada. Y me gusta porque es una verdad en sí misma, probablemente el mejor consejo a la hora de viajar. Un consejo que no siempre sale bien, que puede que huela mal y que a veces no es muy cómodo, pero que normalmente hace que te integres mucho más y entiendas el por qué de las cosas. ¿Sopa por la mañana a 40 grados en lugar de una tostada? Por algo será...

La noche, la noche me engancha esté donde esté. Por un lado es muy parecida en todas  partes y de alguna manera hace de pegamento para unir un sitio con otro. Por otra parte, es como una máquina del tiempo o mejor dicho una máquina del espacio, un tanto peligrosa por cierto. Me lleva y me trae sin avisar haciéndome soñar con otros sitios en los que también quiero estar, libertad y condena bajo la luz del neón. 

Cuando viajo intento no repetir destinos, me queda mucho por ver y me va a faltar tiempo para ir a todos los sitios que quiero, bueno y dinero claro pero por otra parte, hay lugares que me han llegado tan adentro que siempre los tengo presentes. Esa sensación depende mucho de lo que pasó la primera vez que estuve ahí, cómo fue la gente conmigo, las experiencias que tuve. Me gusta pensar que siempre podré volver y que todo seguirá igual que entonces, pero eso no pasa, cada viaje es diferente. Acabo idealizando los sitios después de haber estado, cambias tú, cambian las personas, cambian las experiencias. Los lugares que voy almacenando en mi cabeza son proyecciones de esas experiencias. Todo son buenos recuerdos aunque en su momento no lo fueran tanto. 

Aunque estoy un poco más atada a Zaragoza porque allí está mi familia y mis amigos, mi hogar es allí donde estoy en cada momento. Puede que la necesidad de querer estar en tantos sitios hace que para mí no haya un lugar concreto al que llamar casa, esas cuatro paredes entre las que acumulas cosas que te atan a una ciudad. Y es que no necesito vivir mucho tiempo en un mismo sitio para sentirme parte de ese lugar, o puede que no me guste formar parte durante mucho tiempo de algo, no lo sé.

Vivo en un estado de contradicción constante, cuando estoy en Zaragoza hago todo lo posible por desconectar de todo lo que me rodea, del día a día, de la gente, de lo que pasa.. Y cuando estoy lejos me gusta estar conectada, saber qué pasa allí y a cambio contar lo que hago. Es curioso pero hablo más con mi gente estando a miles de kilómetros de distancia que a sólo dos manzanas.

Hoy me he levantado con un único objetivo, ver cómo se pone el sol. Me he pasado el día preguntando donde se veía el mejor atardecer, tenía tantas ganas que he llegado dos horas antes, pero aquí estoy esperando sin desesperar, dejándome llevar, sin prisas porque realmente hoy no tengo nada mejor que hacer, y además mañana pienso repetirlo.

Ir de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, moverme de un sitio a otro como la gente de aquí y en cualquier medio de transporte hace que me sienta menos de paso.
Cuando era pequeña odiaba cualquier trayecto en autobús de más de 50 kilómetros de distancia, ahora hago viajes de muchas horas como si nada, en autobuses sin baño que paran de repente en un mal oliente bar de carretera y luego no lo hacen durante las siguientes cinco horas con asientos que no paran de moverse o que no se reclinan lo suficiente. Sé que como plan suena fatal pero me gusta, me gusta vivir esto desde dentro.

Cuando te sales un poco de lo habitual, de las rutas y caminos marcados, cuando te pierdes es cuando te pasan cosas y conoces un país de verdad. Es mucho más cómodo ir de una ciudad a otra en avión pero no te pierdes tú, te pierdes todo lo que pasa a tu alrededor.

Es increíble cómo te marca la forma de ver la vida según donde hayas nacido. Aunque generalizar es injusto y las comparaciones son odiosas pero inevitables según el país en el que estás ves a la gente más o menos gris, más o menos comunicativa, más o menos abierta. Eso sí a su manera consiguen ese punto de felicidad que necesitan. Consiguen serlo con lo mucho o poco que tienen, con lo mucho o poco que conocen. Creo que la clave es si según mi punto de vista, me parecen más felices, agradables o atentos que yo ese es el rasero, lo que uno conoce. Por eso, cuanto más viajo mas valoro otras formas de ver las cosas y más objetiva soy con cómo debo de entender la vida. 

Zaragoza me gusta. Es una ciudad que siempre acabo echando de menos, como echo de menos muchos de los destinos que ya he visitado. Estoy encerrada permanentemente en un estado de insatisfacción que por otra parte me libera constantemente. Para muchos estoy loca, soy inestable, irresponsable e imprudente. Ellos no pueden llevar esta vida, no la entienden o no la quieren. Para otros, soy como una aventurera  porque ellos también han sentido alguna vez  la necesidad de romper con su vida para vivir otras cosas. Para mí, quedarme quieta en un mismo sitio viendo cómo pasa el tiempo es renunciar a todo lo que no conozco, ya habrá tiempo de asentarse, o no. 

Si quiero formar una familia, bueno eso creo, pero no sé ni cuándo ni dónde. Lo que sí sé es que seguiría viajando, pero con ellos. Les enseñaría todos los lugares a los que siempre querré volver y descubriríamos otros nuevos juntos. Me he encontrado parejas con sus hijos dando la vuelta al mundo, dos mochilas grandes, dos pequeñas y mucha ilusión. Así me veo yo dentro de 20 años.

Soñar despierta es una carga muy difícil de llevar. Creo que de alguna manera soy prisionera de mi ansia de libertad constante y eso no sé si es bueno o malo. Conozco personas que son felices trabajando en el mismo sitio después de diez años, con su hipoteca, sus vacaciones en Salou o en Menorca, verano tras verano. No necesitan más.  De algún modo siento cierta envidia. Son felices con lo que tienen, y cada vez lo tengo más claro. Yo no lo soy tanto, a veces pienso que no puedo ser feliz en un solo sitio, tendré que serlo en esa ciudad que no existe, en esa ciudad construida en mi imaginario por miles de trozos de los rincones en los que he estado y en los que aún me queda por estar. Lo sé, no me aclaro.

La enfermedad de una persona que le apasiona viajar conlleva a no estar a gusto en un sitio porque necesitas estar en otros. Es la ansiedad que sientes al pensar que nunca serás feliz en un solo lugar. 
Es una enfermedad… que te salva la vida.